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En los inicios de la etapa agresiva de mi hija, el desconcierto era tal, cada vez que me atacaba, que necesitaba retirarme de esa situación tan aberrante.   Tras los múltiples intentos de calmarla, de intentarle hacer entrar en razón, coger la puerta y salir a la calle era como una bocanada de aire fresco.  Y me iba a ver el mar, a pasear frente a él, y a pensar.   Lo tenía cerca de casa, una ventaja. Reflexionaba, lloraba, notaba como mi mente inquieta no paraba de buscar explicaciones y soluciones.  Podría decirse que si en aquel momento me hubieran hecho un análisis neuronal, seguramente las conexiones eléctricas debían ir como locas buscando respuestas, explicaciones, salidas, oportunidades.  Pero ver el mar, las olas y el horizonte, algún que otro perro correteando por la arena, a pie de orilla, lograba distraerme temporalmente del problema, recobrar fuerza, un poquito aunque fuera, para reemprender de nuevo el camino a casa para enfrentarme de nuevo a lo desconocido-ya conocido.